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  • Las Novelas ejemplares Mirta Aguirre

    Cuento y novela

    Contar es dar a conocer hechos verídicos, supuestos o inventados. Se cuenta lo que pasó, lo que se cree o se supone que pasó y lo que nos pasa por la cabeza.

    En el alba del existir social, cuando los fenómenos naturales o los suscitados por la convivencia colectiva eran para los hombres, en muchas ocasiones, indescifrables acontecimientos a los que sólo podía darse explicaciones poéticas, lo imaginario y lo real se confundían de tal modo que, por algo, en numerosas lenguas –el español entre ellas- hablar y fabular fueron en su origen una misma cosa. Mito, leyenda, metáfora y verdad no pueden ser, en los inicios, separadas; hasta el punto de que podría decirse que “en el principio, era el cuento”. Y todo sigue siendo cuento mientras que, poco a poco, van produciéndose los deslindes, hasta hacer que lo que se tiene por cierto y se admite como cosa que de veras ha tenido lugar en este mundo, forme la Historia; y lo que también se tiene por cierto, pero como referido al trasmundo, forme la Religión; y lo que tiende un puente entre mundo y trasmundo, y se tiene por cierto en relación a ambos planos, se desgaje para formar la Epopeya, punto de contacto de hombres y dioses.

    Cuento, entonces, es lo restante. Y lo restante es ficción. Porque el que algo pase a ser Historia, Religión o Epopeya y no cuento, depende -dependió en los días primitivos y continúa dependiendo ahora- de que se crea o no se crea en su veracidad.

    En consecuencia, cuando se individualiza como hecho literario, el cuento no es un asunto serio. De donde, acaso, se desprende que, a pesar de haberlo significado todo en un principio y de significar mucho siempre en la tradición oral, demore también mucho en aparecer como presencia escrita; y probablemente explica que los libros de cuentos no fueran oficialmente, durante siglos y siglos, creación original de nadie sino transcripciones recopiladoras de lo que andaba de boca en boca, a veces repetido con las consiguientes variantes locales, en países muy alejados unos de otros.

    El paso siguiente estuvo representado por adaptaciones, refundiciones y transbordos de viejos temas, a través del prisma particular de este o de aquel autor. El que eso se considerase lícito y estimable ha de haber contribuido a que la idea que hoy tenemos del plagio no fuese la que reinaba inclusive en los días de Goethe; ni, desde luego, en los hispánicos Siglos de Oro, en los que un Calderón no vacilaba en reescribir obras de Lope o un Cervantes no se preocupaba por

  • aprovechar a un Franco Sacchetti1. Por ese tiempo hispánico, lo original y lo tradicional, lo histórico y lo

    fabulado se entremezclaban de tal modo que los historiadores, según evidencian en alto grado los Cronistas de Indias, vivían perseguidos por la preocupación de que sus obras fueran confundidas -para lo cual, en rigor, a veces sobraban motivos- con los relatos nacidos de la fantasía2, y los autores de las que ahora de- nominamos novelas, gustaban de dar a sus invenciones el nombre de historias: Historia del caballero de Dios que había por nombre Cifar, Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, Historia de los trabajos de Persiles y Sigismunda.

    Los que coetáneamente se llamaban cuentos eran, como los inaugurados por el Infante Don Juan Manuel en el siglo XIV, “enxiemplos” dirigidos a que los que “non fuesen muy letrados ni muy sabidores”, derivasen de ellos enseñanzas “que les fuesen aprovechosas de las honras, et de las faciendas, et de sus estados”. Algo como lo que habían sido aquellas fabulas esópicas en las cuales, al decir de Baltasar Gracián3, “hablan las bestias para que entiendan los hombres”. O eran, en España, creaciones de corte italianista al estilo de la colección concentrada en El patrañuelo por Juan de Timoneda.

    Miguel de Cervantes, que en el prólogo denomina historia a su gran novela publicada en 1605, edita en 1613 un tomo con una docena de narraciones cortas que bautiza con el nombre de Novelas ejemplares; y estampa en el preludio del libro, en el que espera que Dios le dé paciencia “para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sutiles y almidonados”, la afirmación de que él es el primero que ha novelado en lengua castellana: “Que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas.”

    Al hacer esta declaración, Cervantes no puede haber estado pensando en las manifestaciones de la Caballeresca, la Picaresca, la Pastoril o la Sentimental. Él conoce muy bien La Celestina, Lazarillo, el Guzmán, La pícara Justina, la Cárcel de amor o las Dianas, los Amadises, Platires y Esplandianes o La Arcadia de Lope. Es claro que alude a los cuentos o novelas cortas que Boccaccio consagrara en su

    1 El tema fáustico, por ejemplo, se reitera desde los días de Alfonso X el Sabio y de Berceo. Lo usó Calderón

    en El mágico prodigioso y se repitió en otras ocasiones. Nada de lo cual inhibió a Goethe. Como dice

    Menéndez Pidal en «Un aspecto en la elaboración del Quijote»:

    El estudio de las fuentes literarias de un autor, que es siempre capital para comprender la cultura

    humana como un conjunto de que el poeta forma parte, no ha de servir, cuando se trata de una obra

    superior, para ver lo que esta copia y descontarlo de la originalidad; eso sólo puede hacerlo quien no

    comprende lo que verdaderamente constituye la invención artística. 2 En su Verdadera historia de la conquista de la Nueva España consigna Bernal Díaz del Castillo: “Bien

    tengo entendido que los curiosos lectores se hartarán de ver cada día tantos combates… y no los pongo por capítulo de lo que cada día hacíamos, porque me pareció que era una gran prolijidad, y era cosa para nunca

    acabar y parecería a los libros de Amadís o Caballerías.” 3 Baltasar Gracián: El criticón, Primera parte, Crisi IV.

  • Decamerón, y que niega originalidad creadora a El patrañuelo y a sus émulos. Novela es para él, a la italiana, una narración breve y -a juzgar por el mencionado Prólogo, aunque después, en los hechos, el contenido del libro lo desmienta en varias ocasiones- una narración ligera, destinada al simple entretenimiento: “Sí; que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean: horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse”.

    Si para eso se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan los jardines, bien se puede, para eso, escribir, como dice en la dedicatoria al Conde de Lemos, cambiando ahora la denominación, doce cuentos.

    Lo mismo da decir cuento que novela. En la introducción de El patrañuelo, Timoneda considera cuentos a lo que llama rondalles en su lengua valenciana y en la toscana novelas. Y en la apertura del Decamerón, refiriéndose a sus narraciones, Juan Boccaccio habla, indistintamente, de cuentos, historias, historietas y novelas. Según Suárez de Figueroa (El pasajero) las novelas al uso eran “ciertas patrañas o consejas, propias del brasero en tiempo de frío... unas artificiosas mentiras”. Y Lope afirma que, en tiempos anteriores, “llamaban a las novelas cuentos, estos se sabían de memoria y nunca, que yo me acuerde, los vi escritos”.

    La indefinición, no sólo del término sino de lo designado por él, se comprueba al ver que en el conjunto boccacciano lo mismo hay relatos bastante largos, del tipo de «La inocencia reconocida», cuyo solo título basta para hacernos husmear el accidentadísimo novelón por entregas que más tarde florecía, que brevísimas anécdotas de una cuartilla como «La justicia es la virtud de los reyes», cuyo encabezamiento señala su moraléjico pretexto. Que la confusión persistiera en el siglo XVII, como en cierto grado evidencian las mismas Ejemplares de Cervantes, no ha de extrañar ya que, a veces, distinguir entre un cuento largo y una novela corta sigue siendo, en la hora actual, un problema insoluble.

    Fuese o no Cervantes el primero que novelara en castellano4, es lo cierto que, si bien técnicamente, a juzgar por lo que recoge el tomo, no pudo llegar a establecer la diferencia entre cuento y novela, dio a sus narraciones un equilibrio dimensional superior al de Boccaccio: a cinco de ellas corresponde, de hecho, la misma extensión; tres, un tanto más largas, la poseen equivalente; dos, más breves, la tienen casi idéntica; y otras dos -ya que El casamiento engañoso se enlaza al Coloquio- la muestran muy aproximada. La máxima diferencia entre el relato más corto y el más largo, considerando reunidas las que se acaban de citar, es la que

    4 “Un ejemplo de que antes de que aparecieran las Novelas ejemplares ya había habido una novela original en

    España, está en la historia del Abencerraje, que incluyó Antonio de Villegas en su Inventario. El Abencerraje entra, desde luego, en ese género –intermediario entre el cuento y lo que los franceses llaman roman y los

    italianos romanzo-; es por su asunto a todas luces español y por su plan y estilo un monumento de arte.” (F.

    A. de Icaza: Las „Novelas ejemplares‟ y su influencia en el arte)

  • existe entre la unidad y su tercio; lo que importa, porque para mostrar el des- balance cuantitativo que puede hallarse en

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