gustavo adolfo bécquer - i.e.s. sénecai*! rima*iv*! rima*vii*! rima*xiii*! rima*xv*! rima*xxi*!...

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  • Gustavo Adolfo Bcquer

    Rimas y Leyendas (seleccin)

  • 2

    ndice

    1. Rimas --------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    v Rima I v Rima IV v Rima VII v Rima XIII v Rima XV v Rima XXI v Rima XXIII v Rima XLVIII v Rima LIII v Rima LVII

    2. Leyendas --------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    v El monte de las nimas v Maese Prez el organista v El miserere v Los ojos verdes

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    Rimas

    Rima I Yo s un himno gigante y extrao que anuncia en la noche del alma una aurora, y estas pginas son de ese himno cadencias que el aire dilata en las sombras.

    Yo quisiera escribirlo, del hombre domando el rebelde, mezquino idioma, con palabras que fuesen a un tiempo suspiros y risas, colores y notas.

    Pero en vano es luchar; que no hay cifra capaz de encerrarlo, y apenas oh, hermosa! si, teniendo en mis manos las tuyas, pudiera, al odo, contrtelo a solas.

    Rima VII Del saln en el ngulo oscuro, de su dueo tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo vease el arpa.

    Cunta nota dorma en sus cuerdas, como el pjaro duerme en las ramas, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlas!

    Ay! -pens-. Cuntas veces el genio as duerme en el fondo del alma, y una voz, como Lzaro, espera que le diga: Levntate y anda!

    Rima XIII Tu pupila es azul, y cuando res su claridad suave me recuerda el trmulo fulgor de la maana que en el mar se refleja.

    Tu pupila es azul, y cuando lloras las transparentes lgrimas en ella se me figuran gotas de roco sobre una violeta.

    Tu pupila es azul, y si en su fondo como un punto de luz radia una idea, me parece en el cielo de la tarde una perdida estrella!

    Rima IV

    No digis que agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeci la lira; podr no haber poetas; pero siempre habr poesa.

    Mientras las ondas de la luz al beso palpiten encendidas; mientras el sol las desgarradas nubes de fuego y oro vista;

    mientras el aire en su regazo lleve perfumes y armonas; mientras haya en el mundo primavera, habr poesa!

    Mientras la ciencia a descubrir no alcance las fuentes de la vida, y en el mar o en el cielo haya un abismo que al clculo resista;

    mientras la humanidad, siempre avanzando no sepa a do camina; mientras haya un misterio para el hombre, habr poesa!

    Mientras sintamos que se alegra el alma, sin que los labios ran; mientras se llore sin que el llanto acuda a nublar la pupila;

    mientras el corazn y la cabeza batallando prosigan; mientras haya esperanzas y recuerdos, habr poesa!

    Mientras haya unos ojos que reflejen los ojos que los miran; mientras responda el labio suspirando al labio que suspira;

    mientras sentirse puedan en un beso dos almas confundidas; mientras exista una mujer hermosa habr poesa!

  • 4

    Rima XV Cendal flotante de leve bruma, rizada cinta de blanca espuma, rumor sonoro de arpa de oro, beso del aura, onda de luz: eso eres t.

    T, sombra area, que cuantas veces voy a tocarte te desvaneces como la llama, como el sonido, como la niebla, como el gemido del lago azul!

    En mar sin playas onda sonante, en el vaco cometa errante, largo lamento del ronco viento, ansia perpetua de algo mejor, eso soy yo!

    Yo, que a tus ojos, en mi agona, los ojos vuelvo de noche y da; yo, que incansable corro y demente tras una sombra, tras la hija ardiente de una visin!

    Rima LIII Volvern las oscuras golondrinas en tu balcn sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarn;

    Rima XXI Qu es poesa?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Que es poesa? Y t me lo preguntas? Poesa... eres t.

    Rima XXIII Por una mirada, un mundo, por una sonrisa, un cielo, por un beso... yo no s qu te diera por un beso!

    Rima XLVIII Como se arranca el hierro de una herida su amor de las entraas me arranqu, aunque sent al hacerlo que la vida me arrancaba con l.

    Del altar que le alc en el alma ma la voluntad su imagen arroj, y la luz de la fe que en ella arda ante el ara desierta se apag.

    An para combatir mi firme empeo viene a mi mente su visin tenaz... Cundo podr dormir con ese sueo en que acaba el soar!

    pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha al contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres, sas... no volvern!

    Volvern las tupidas madreselvas de tu jardn las tapias a escalar, y otra vez a la tarde, an ms hermosas, sus flores se abrirn;

    pero aquellas cuajadas de roco, cuyas gotas mirbamos temblar y caer, como lgrimas del da... sas... no volvern!

    Volvern del amor en tus odos las palabras ardientes a sonar; tu corazn de su profundo sueo tal vez despertar;

    pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido... desengate, as no te querrn!

    Rima LVII Este armazn de huesos y pellejo, de pasear una cabeza loca cansado se halla al fin, y no lo extrao; pues, aunque es la verdad que no soy viejo,

    de la parte de vida que me toca en la vida del mundo, por mi dao he hecho un uso tal, que jurara que he condensado un siglo en cada da.

    As, aunque ahora muriera, no podra decir que no he vivido; que el sayo, al parecer nuevo por fuera conozco que por dentro ha envejecido.

    Ha envejecido, s; pese a mi estrella! harto lo dice ya mi afn doliente; que hay dolor que, al pasar, su horrible huella graba en el corazn, si no en la frente.

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    Leyendas

    1. El monte de las nimas ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- La noche de difuntos me despert a no s qu hora el doble de las campanas; su taido montono y eterno me trajo a las mientes esta tradicin que o hace poco en Soria. Intent dormir de nuevo; imposible! Una vez aguijoneada, la imaginacin es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decid a escribirla, como en efecto lo hice. Yo la o en el mismo lugar en que acaeci, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando senta crujir los cristales de mi balcn, estremecidos por el aire fro de la noche. Sea de ello lo que quiera, ah va, como el caballo de copas.

    I -Atad los perros; haced la seal con las trompas para que se renan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es da de Todos los Santos y estamos en el Monte de las nimas. -Tan pronto! -A ser otro da, no dejara yo de concluir con ese rebao de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonar la oracin en los Templarios, y las nimas de los difuntos comenzarn a taer su campana en la capilla del monte. -En esa capilla ruinosa! Bah! Quieres asustarme? -No, hermosa prima; t ignoras cuanto sucede en este pas, porque an no hace un ao que has venido a l desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo tambin pondr la ma al paso, y mientras dure el camino te contar esa historia. Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magnficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedan la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narr en estos trminos la prometida historia: -Ese monte que hoy llaman de las nimas, perteneca a los Templarios, cuyo convento ves all, a la margen del ro. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los rabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que as hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad ferment por algunos aos, y estall al fin, un odio profundo. Los primeros tenan acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clrigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundi la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su mana de cazar y a los otros en su empeo de estorbarlo. La proyectada expedicin se llev a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendran presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacera, fue una batalla espantosa: el monte qued sembrado de cadveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festn. Por ltimo, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasin de tantas desgracias, se declar abandonado, y la capilla de los religiosos,

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    situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenz a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las nimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacera fantstica por entre las breas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos allan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro da se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las nimas, y por eso he querido salir de l antes que cierre la noche. La relacin de Alonso concluy justamente cuando los dos jvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. All esperaron al resto de la comitiva, la cual, despus de incorporrseles los dos jinetes, se perdi por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

    II

    Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gtica del palacio de los condes de Alcudiel despeda un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del saln. Solas dos personas parecan ajenas a la conversacin general: Beatriz y Alonso: Beatriz segua con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz. Ambos guardaban haca rato un profundo silencio. Las dueas referan, a propsito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un taido montono y triste. -Hermosa prima -exclam al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las ridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hbitos sencillos y patriarcales s que no te gustan; te he odo suspirar varias veces, acaso por algn galn de tu lejano seoro. Beatriz hizo un gesto de fra indiferencia; todo un carcter de mujer se revel en aquella desdeosa contraccin de sus delgados labios. -Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aqu has vivido -se apresur a aadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardar en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria ma... Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautiv tu atencin. Qu hermoso estara sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regal a la que me dio el ser, y ella lo llev al altar... Lo quieres? -No s en el tuyo -contest la hermosa-, pero en mi pas una prenda recibida compromete una voluntad. Slo en un da de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo... que an puede ir a Roma sin volver con las manos vacas. El acento helado con que Beatriz pronunci estas palabras turb un momento al joven, que despus de serenarse dijo con tristeza: -Lo s prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es da de ceremonias y presentes. Quieres aceptar el mo? Beatriz se mordi ligeramente los labios y extendi la mano para tomar la joya, sin aadir una palabra. Los dos jvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a or la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que haca crujir los vidrios de las ojivas, y el triste montono doblar de las campanas. Al cabo de algunos minutos, el interrumpido dilogo torn a anudarse de este modo:

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    -Y antes de que concluya el da de Todos los Santos, en que as como el tuyo se celebra el mo, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, no lo hars? -dijo l clavando una mirada en la de su prima, que brill como un relmpago, iluminada por un pensamiento diablico. -Por qu no? -exclam sta llevndose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Despus, con una infantil expresin de sentimiento, aadi: -Te acuerdas de la banda azul que llev hoy a la cacera, y que por no s qu emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma? -S. -Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejrtela como un recuerdo. -Se ha perdido!, y dnde? -pregunt Alonso incorporndose de su asiento y con una indescriptible expresin de temor y esperanza. -No s.... en el monte acaso. -En el Monte de las nimas -murmur palideciendo y dejndose caer sobre el sitial-; en el Monte de las nimas! Luego prosigui con voz entrecortada y sorda: -T lo sabes, porque lo habrs odo mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo an podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversin, imagen de la guerra, todos los bros de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de da y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dir que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasin. Otra noche volara por esa banda, y volara gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche... esta noche. A qu ocultrtelo?, tengo miedo. Oyes? Las campanas doblan, la oracin ha sonado en San Juan del Duero, las nimas del monte comenzarn ahora a levantar sus amarillentos crneos de entre las malezas que cubren sus fosas... las nimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del ms valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantstica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adnde. Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibuj en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclam con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y cruja la lea, arrojando chispas de mil colores: -Oh! Eso de ningn modo. Qu locura! Ir ahora al monte por semejante friolera! Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos! Al decir esta ltima frase, la recarg de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga irona, movido como por un resorte se puso de pie, se pas la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazn, y con voz firme exclam, dirigindose a la hermosa, que estaba an inclinada sobre el hogar entretenindose en revolver el fuego: -Adis Beatriz, adis... Hasta pronto. -Alonso! Alonso! -dijo sta, volvindose con rapidez; pero cuando quiso o aparent querer detenerle, el joven haba desaparecido. A los pocos minutos se oy el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresin de orgullo satisfecho que colore sus mejillas, prest atento odo a aquel rumor que se debilitaba, que se perda, que se desvaneci por ltimo. Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de nimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcn y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

    III

    Haba pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retir a su oratorio. Alonso no volva, no volva, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

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    -Habr tenido miedo! -exclam la joven cerrando su libro de oraciones y encaminndose a su lecho, despus de haber intentado intilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el da de difuntos a los que ya no existen. Despus de haber apagado la lmpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmi; se durmi con un sueo inquieto, ligero, nervioso. Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oy entre sueos las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristsimas, y entreabri los ojos. Crea haber odo a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gema en los vidrios de la ventana. -Ser el viento -dijo; y ponindose la mano sobre el corazn, procur tranquilizarse. Pero su corazn lata cada vez con ms violencia. Las puertas de alerce del oratorio haban crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente. Primero unas y luego las otras ms cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitacin iban sonando por su orden, stas con un ruido sordo y grave, aqullas con un lamento largo y crispador. Despus silencio, un silencio lleno de rumores extraos, el silencio de la media noche, con un murmullo montono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximacin se nota no obstante en la oscuridad. Beatriz, inmvil, temblorosa, adelant la cabeza fuera de las cortinillas y escuch un momento. Oa mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio. Vea, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movan en todas direcciones; y cuando dilatndolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables. -Bah! -exclam, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho-; soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazn palpita de terror bajo una armadura, al or una conseja de aparecidos? Y cerrando los ojos intent dormir...; pero en vano haba hecho un esfuerzo sobre s misma. Pronto volvi a incorporarse ms plida, ms inquieta, ms aterrada. Ya no era una ilusin: las colgaduras de brocado de la puerta haban rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su comps se oa crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movi el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanz un grito agudo, y arrebujndose en la ropa que la cubra, escondi la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcn; el agua de la fuente lejana caa y caa con un rumor eterno y montono; los ladridos de los perros se dilataban en las rfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las nimas de los difuntos. As pas una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareci eterna a Beatriz. Al fin despunt la aurora: vuelta de su temor, entreabri los ojos a los primeros rayos de la luz. Despus de una noche de insomnio y de terrores, es tan hermosa la luz clara y blanca del da! Separ las cortinas de seda del lecho, y ya se dispona a rerse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor fro cubri su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descolor sus mejillas: sobre el reclinatorio haba visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primognito de Alcudiel, que a la maana haba aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las nimas, la encontraron inmvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de bano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rgidos los miembros, muerta; muerta de horror! IV Dicen que despus de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pas la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las nimas, y que al otro da, antes de morir, pudo contar lo que viera, refiri cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oracin con un

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    estrpito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, plida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

    2. Maese Prez el organista -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Ins, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, o esta tradicin a una demandadera del convento. Como era natural, despus de orla, aguard impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.

    Nada menos prodigioso, sin embargo, que el rgano de Santa Ins, ni nada ms vulgar que los insulsos motetes que nos regal su organista aquella noche.

    Al salir de la misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla: -En qu consiste que el rgano de maese Prez suena ahora tan mal? -Toma! -me contest la vieja-. En que ste no es el suyo. -No es el suyo? Pues qu ha sido de l? -Se cay a pedazos, de puro viejo, hace una porcin de aos. -Y el alma del organista? -No ha vuelto a aparecer desde que colocaron el que ahora le substituye. Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta despus de leer esta

    historia ya sabe por qu no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros das.

    I

    -Veis se de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra seora, que despus de dejar la suya se adelanta hacia aqu, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues se es el marqus de Moscoso, galn de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama haba pedido en matrimonio a la hija de un opulento seor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, calle!, en hablando del ruin de Roma, ctale aqu que asoma. Veis aqul que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa obscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.

    Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creera un lonjista de la calle de Culebras... Pues se es el padre en cuestin; mirad cmo la gente del pueblo le abre paso y le saluda. Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. l slo tiene ms ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro seor el rey Don Felipe, y con sus galeones podra formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco. Mirad, mirad ese grupo de seores graves: sos son los caballeros veinticuatro. Hola, hola! Tambin est aqu el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los seores de la cruz verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... ste no viene a la iglesia ms que a or msica... No, pues si maese Prez no le arranca con su rgano lgrimas como puos bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino frindose en las calderas de Pedro Botero... Ay vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia, pues, por lo que veo, aqu van a andar ms de sobra los cintarazos que los Paternster. Mirad, Mirad: las gentes

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    del duque de Alcal doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejn de las Dueas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia... No os lo dije? Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el seor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... Y luego dicen que hay justicia! Para los pobres... Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la obscuridad... Nuestro Seor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... Vecina! vecina! Aqu..., antes que cierren las puertas. Pero, calle! Qu es eso? An no ha comenzado cuando lo dejan? Qu resplandor es aqul?... Hachas encendidas! Literas! Es el seor arzobispo... La Virgen Santsima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... Ay! Si nadie sabe lo que yo debo a esta Seora!... Con cunta usura me paga la candelilla que le enciendo los sbados!... Vedlo, qu hermosote est con sus hbitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para m. Si no fuera por l media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cmo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cmo le siguen y le acompaan, confundindose con sus familiares. Quin dira que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle obscura... Es decir, ellos..., ellos!... Lbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de s peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Seor... Pero es la verdad que si se buscaran..., y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontraran, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre. Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia antes que se ponga de bote en bote..., que algunas noches como sta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... Cundo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades puedo decir que le han hecho a maese Prez proposiciones magnficas; verdad que nada tiene de extrao, pues hasta el seor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral... Pero l, nada... Primero dejara la vida que abandonar su rgano favorito... No conocis a maese Prez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varn; pobre, s, pero limosnero cual no otro... Sin ms parientes que su hija ni ms amigo que su rgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... Cuidado que el rgano es viejo!... Pues, nada, l se da tal maa en arreglarlo y cuidarlo que suena que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo que a tientas..., porque no s si os lo he dicho, pero el pobre seor es ciego de nacimiento... Y con qu paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cunto dara por ver responde: Mucho, pero no tanto como creis, porque tengo esperanzas. Esperanzas de ver? S, y muy pronto -aade, sonrindose como un ngel-; ya cuento setenta y seis aos; por muy larga que sea mi vida, pronto ver a Dios... Pobrecito! Y s lo ver..., porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es ms que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de la capilla de la Primada; como que ech los dientes en el oficio... Su padre tena la misma profesin que l; yo no le conoc, pero mi seora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre al rgano consigo para darle a los fuelles. Luego el muchacho mostr tales disposiciones, que, como era natural, a la muerte de su padre hered el cargo... Y qu manos tiene! Dios se las bendiga. Mereca que se las llevaran a la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como sta es un prodigio... l tiene una gran devocin por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Seor Jesucristo..., las voces de su rgano son voces de ngeles... En fin, para qu tengo de ponderarle lo que esta noche oir? Baste el ver cmo todo lo ms florido de Sevilla, hasta el mismo seor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharle; y no se crea que slo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen su mrito, sino hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al comps de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Prez las

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    manos en el rgano... Y cuando alzan..., cuando alzan, no se siente una mosca...; de todos los ojos caen lagrimones tamaos, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiracin de los circunstantes, contenida mientras dura la msica... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la misa, vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros. Esto diciendo, la buena mujer que haba servido de cicerone a su vecina atraves el atrio del convento de Santa Ins, y codazo en ste, empujn en aqul, se intern en el templo, perdindose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.

    II

    La iglesia estaba iluminada con una profusin asombrosa. El torrente de luz que se desprenda de los altares para llenar sus mbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas, que, arrodillndose sobre los cojines de terciopelo que tendan los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las dueas, vinieron a formar un brillante crculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado pual, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecan formar un muro, destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. sta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpi en una aclamacin de jbilo, acompaada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, despus de sentarse junto al altar mayor bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, ech por tres veces la bendicin al pueblo.

    Era la hora de que comenzase la misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud

    comenzaba a rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre s algunas palabras a media voz y el arzobispo mand a la sacrista a uno de sus familiares a inquirir el por qu no comenzaba la ceremonia.

    -Maese Prez se ha puesto malo, muy malo, y ser imposible que asista esta noche a la misa. sta fue la respuesta del familiar. La noticia cundi instantneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable

    que caus en todo el mundo sera cosa imposible; baste decir que comenz a notarse tal bullicio en el templo que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundindose entre las apiadas olas de la multitud.

    En aquel momento un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por aadidura se adelant hasta el sitio que ocupaba el prelado.

    -Maese Prez est enfermo -dijo-; la ceremonia no puede empezar. Si queris yo tocar el rgano en su ausencia; que ni maese Prez es el primer organista del mundo ni a su muerte dejar de usarse ese instrumento por falta de inteligente...

    El arzobispo hizo una seal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocan a aquel personaje extrao por un organista envidioso, enemigo del de Santa Ins, comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oy en el atrio un ruido espantoso.

    -Maese Prez est aqu!... Maese Prez est aqu!... A estas voces de los que estaban apiados en la puerta todo el mundo volvi la cara. Maese Prez, plido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un silln,

    que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros. Los preceptos de los doctores, las lgrimas de su hija, nada haba sido bastante a detenerle

    en el lecho. -No -haba dicho-; sta es la ltima, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi

    rgano, y esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.

  • 12

    Sus deseos se haban cumplido; los concurrentes le subieron en brazos a la tribuna y comenz la misa.

    En aquel momento sonaban las doce en el reloj de la catedral. Pas el introito, y el Evangelio, y el ofertorio, y lleg el instante solemne en que el sacerdote

    toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y despus de haberla consagrado comienza a elevarla.

    Una nube de incienso que se desenvolva en ondas azuladas llen el mbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Prez puso sus crispadas manos sobre las teclas del rgano.

    Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdi poco a poco, como si una rfaga de aire hubiese arrebatado sus ltimos ecos.

    A este primer acorde, que pareca una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondi otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armona.

    Era la voz de los ngeles que atravesando los espacios llegaba al mundo. Despus comenzaron a orse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquas de

    serafines; mil himnos a la vez, al confundirse, formaban uno solo, que, no obstante, era no ms el acompaamiento de una extraa meloda, que pareca flotar sobre aquel ocano de misteriosos ecos como un jirn de niebla sobre las olas del mar.

    Luego fueron perdindose unos cantos, despus otros; la combinacin se simplificaba. Ya no eran ms que dos voces cuyos ecos se confundan entre s; luego qued una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclin la frente, y por encima de su cabeza cana y como a travs de una gasa azul que finga el humo del incienso apareci la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Prez sostena trinando se abri, se abri, y una explosin de armona gigante estremeci la iglesia, en cuyos ngulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecan en sus angostos ajimeces.

    De cada una de las notas que formaban aquel magnfico acorde se desarroll un tema, y unos cerca, otros lejos, stos brillantes, aqullos sordos, dirase que las aguas y los pjaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ngeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.

    La multitud escuchaba atnica y suspendida. En todos los ojos haba una lgrima, en todos los espritus un profundo recogimiento.

    El sacerdote que oficiaba senta temblar sus manos, porque Aqul que levantaba en ellas, Aqul a quien saludaban hombres y arcngeles era su Dios, era su Dios, y le pareca haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.

    El rgano prosegua sonando, pero sus voces se apagaban gradualmente como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse cuando de pronto son un grito de mujer.

    El rgano exhal un sonido discorde y extrao, semejante a un sollozo, y qued mudo. La multitud se agolp a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su xtasis

    religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles. -Qu ha sucedido? Qu pasa? -se decan unos a otros. Y nadie saba responder y todos se

    empeaban en adivinarlo, y creca la confusin y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

    -Qu ha sido eso? -preguntaban las damas al asistente, que, precedido de los ministriles, fue uno de los primeros a subir a la tribuna, y que, plido y con muestras de profundo pesar, se diriga al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.

    -Qu hay? -Que maese Prez acaba de morir. En efecto, cuando los primeros fieles, despus de atropellarse por la escalera, llegaron a la

    tribuna vieron al pobre organista cado de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que an vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

  • 13

    III

    -Buenas noches, mi seora doa Baltasara: tambin usarced viene esta noche a la Misa del

    Gallo? Por mi parte, tena hecha intencin de irla a or a la parroquia; pero lo que sucede... Dnde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir verdad, desde que muri maese Prez parece que me echan una losa sobre el corazn cuando entro en Santa Ins... Pobrecito! Era un Santo!... Yo de m s decir que conservo un pedazo de su jubn como una reliquia, y lo merece, pues en Dios y en mi nima que si el seor arzobispo tomara mano en ello es seguro que nuestros nietos le veran en los altares... Mas cmo ha de ser!... A muertos y a idos no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... Ya me entiende usarced. Qu! No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o djase de decir... Slo que yo, as..., al vuelo..., una palabra de ac, otra de acull..., sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades... Pues, s, seor; parece cosa hecha que el organista de San Romn, aquel bisojo, que siempre est echando pestes de los otros organistas; aquel perdulariote, que ms parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Prez. Ya sabr usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pblica en Sevilla, que nadie quera comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y despus de la muerte de su padre entr en el convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a or aquellas maravillas cualquiera otra cosa haba de parecernos mala, por ms que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad haba decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto a su memoria, permanecera callado el rgano en esta noche, hete aqu que se presenta nuestro hombre diciendo que l se atreve a tocarlo... No hay nada ms atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanacin...; pero as va el mundo...; y digo, no es cosa la gente que acude...; cualquiera dira que nada ha cambiado desde un ao a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animacin en el atrio, la misma multitud en el templo... Ay, si levantara la cabeza el muerto se volva a morir por no or su rgano tocado por manos semejantes! Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas va a comenzar una algaraba de sonajas, panderos y zambombas que no haya ms que or... Pero, calle!, ya entra en la iglesia el hroe de la funcin. Jess, qu ropilla de colorines, qu gorguera de cautos, qu aires de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que lleg el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos das.

    Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad, penetr en Santa Ins, abrindose, segn costumbre, camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.

    Ya se haba dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el ao anterior. El nuevo organista, despus de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves

    para ir a besar el anillo del prelado, haba subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del rgano con una gravedad tan afectada como ridcula.

    Entre la gente menuda que se apiaba a los pies de la iglesia se oa un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardara mucho en dejarse sentir.

    -Es un truhn, que, por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas -decan los unos. -Es un ignorantn, que, despus de haber puesto el rgano de su parroquia peor que una

    carraca, viene a profanar el de maese Prez -decan los otros. Y mientras ste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero

    y aqul aperciba sus sonajas y todos se disponan a hacer bulla a ms y mejor, slo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extrao personaje, cuyo porte orgulloso y pendantesco haca tan notable contraposicin con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Prez.

  • 14

    Al fin lleg el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, despus de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tom la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las difanas ondas de incienso, y son el rgano.

    Una estruendosa algaraba llen los mbitos de la iglesia en aquel instante y ahog su primer acorde.

    Zampoas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusin y el estrpito slo dur algunos segundos. Todos a la vez, como haban comenzado, enmudecieron de pronto.

    El segundo acorde, amplio, valiente, magnfico, se sostena an brotando de los tubos de metal del rgano, como una cascada de armona inagotable y sonora.

    Cantos celestes como los que acarician los odos en los momentos de xtasis; cantos que percibe el espritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una meloda lejana, que suenan a intervalos, tradas en las rfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los rboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota msica del cielo, que slo la imaginacin comprende; himnos alados, que parecan remontarse al trono del Seor como una tromba de luz y de sonidos..., todo lo expresaban las cien voces del rgano con ms pujanza, con ms misteriosa poesa, con ms fantstico color que lo haban expresado nunca...

    Cuando el organista baj de la tribuna la muchedumbre que se agolp a la escalera fue tanta y tanto su afn por verle y admirarle que el asistente, temiendo, no sin razn, que le ahogaran entre todos, mand a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.

    -Ya veis -le dijo este ltimo cuando le trajeron a su presencia-: vengo desde mi palacio aqu slo por escucharos. Seris tan cruel como maese Prez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?

    -El ao que viene -respondi el organista-, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvera a tocar este rgano.

    -Y por qu? -interrumpi el prelado. -Porque... -aadi el organista, procurando dominar la emocin que se revelaba en la palidez

    de su rostro-, porque es viejo y malo y no puede expresar todo lo que se quiere. El arzobispo se retir, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los seores

    fueron desfilando y perdindose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersndose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se dispona a cerrar las puertas de la entrada del atrio cuando se divisaban an dos mujeres que, despus de persignarse y murmurar una oracin ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internndose en el callejn de las Dueas.

    -Qu quiere usarced, mi seora doa Baltasara? -deca la una-, yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo haban de asegurar capuchinos descalzos y no lo creera del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he odo mil veces en San Bartolom, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el seor cura por malo, y era cosa de taparse los odos con algodones... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Prez cuando en semejante noche como sta bajaba de la tribuna despus de haber suspendido el auditorio con sus primores... Qu sonrisa tan bondadosa, qu color tan animado!... Era viejo y pareca un ngel... No que ste ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos, mi seora doa Baltasara, crame usarced, y crame con todas veras..., yo sospecho que aqu hay busilis...

    Comentando las ltimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejn y desaparecan.

    Creemos intil decir a nuestros lectores quin era una de ellas.

  • 15

    IV

    Haba transcurrido un ao ms. La abadesa del convento de Santa Ins y la hija de maese Prez hablaron en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquiln llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio silencioso y desierto esta vez, y despus de tomar el agua bendita en la puerta escoga un puesto en un rincn de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo.

    -Ya lo veis -deca la superiora-: vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el rgano y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... prosegus callando, sin que cesen vuestros suspiros. Qu os pasa? Qu tenis?

    -Tengo... miedo -exclam la joven con un acento profundamente conmovido. -Miedo! De qu? -No s..., de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os haba odo decir que tenais

    empeo en que tocase el rgano en la misa, y, ufana con esta distincin, pens arreglar sus registros y templarle, al fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola..., abr la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora..., no s cul... Pero las campanas eran tristsimas y muchas..., muchas...; estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanec como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareci un siglo.

    La iglesia estaba desierta y obscura... All lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda... la luz de la lmpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilsimos, que slo contribuan a hacer ms visible todo el profundo horror de las sombras, vi..., le vi, madre, no lo dudis, vi un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba recorra con una mano las teclas del rgano mientras tocaba con la otra a sus registros... y el rgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas pareca un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco, y reproduca el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.

    Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora y el hombre aqul prosegua recorriendo las teclas. Yo oa hasta su respiracin.

    El horror haba helado la sangre de mis venas; senta en mi cuerpo como un fro glacial, y en mis sienes, fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aqul haba vuelto la cara y me haba mirado...; digo mal, no me haba mirado, porque era ciego... Era mi padre!

    -Bah!, hermana, desechad esas fantasas con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones dbiles... Rezad un Paternster y un Ave Mara al Arcngel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del rgano; la Misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles. Vuestro padre est en el cielo, y desde all, antes que daros sustos, bajar a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devocin.

    La priora fue a ocupar su silln en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Prez abri con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del rgano, y comenz la Misa.

    Comenz la Misa y prosigui sin que ocurriese nada de notable hasta que lleg la consagracin. En aquel momento son el rgano, y al mismo tiempo que el rgano un grito de la hija de maese Prez...

    La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna. -Miradle! Miradle! -deca la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde

    se haba levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna. Todo el mundo fij sus miradas en aquel punto. El rgano estaba solo, y, no obstante, el

    rgano segua sonando..., sonando como slo los arcngeles podran imitarlo en sus raptos de mstico alborozo.

  • 16

    -No os lo dije yo una y mil veces, mi seora doa Baltasara, no os lo dije yo?... Aqu hay busilis...! Odlo; qu, no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabris lo que pas. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El seor arzobispo est hecho, y con razn, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Ins; no haber podido presenciar el portento... Y para qu? Para or una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolom, en la catedral, no fue otra cosa... Si lo deca yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira... Aqu hay busilis; y el busilis era, en efecto, el alma de maese Prez.

    3. El miserere1 -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    Hace algunos meses que visitando la clebre abada de Fitero y ocupndome en revolver algunos volmenes en su abandonada biblioteca, descubr en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de msica bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.

    Era un Miserere. Yo no s la msica; pero le tengo tanta aficin, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces

    la partitura de una pera, y me paso las horas muertas hojeando sus pginas, mirando los grupos de notas ms o menos apiadas, las rayas, los semicrculos, los tringulos y las especies de etcteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho. Consecuente con mi mana, repas los cuadernos, y lo primero que me llam la atencin fue que, aunque en la ltima pgina haba esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la msica no alcanzaba sino hasta el dcimo versculo.

    Esto fue sin duda lo que me llam la atencin primeramente; pero luego que me fij un poco en las hojas de msica, me choc ms an el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, pi vivo, a piacere, haba unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemn, de los cuales algunos servan para advertir cosas tan difciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y de sus mdulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda alla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la ms original de todas, sin duda, recomendaba al pie del ltimo versculo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armona... fuerza!... fuerza y dulzura.

    -Sabis qu es esto? -pregunt a un viejecito que me acompaaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecan frases escritas por un loco.

    El anciano me cont entonces la leyenda que voy a referiros. Hace ya muchos aos, en una noche lluviosa y oscura, lleg a la puerta claustral de esta

    abada un romero, y pidi un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la maana y proseguir con la luz del sol su camino.

    Su modesta colacin, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposicin del caminante, al cual, despus que se hubo repuesto de su cansancio, interrog acerca del objeto de su romera y del punto a que se encaminaba.

    -Yo soy msico -respondi el interpelado-, he nacido muy lejos de aqu, y en mi patria goc un da de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seduccin, y encend con l pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimindome por donde mismo pude condenarme. 1 (Del lat. miserre, apidate, imper. de miserri). 1. m. Salmo 50, que, en la traduccin de la Vulgata, empieza con esta palabra. 2. m. Canto solemne que se hace de este salmo en las tinieblas de la Semana Santa.

  • 17

    Como las enigmticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por sta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosigui de este modo:

    -Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que haba cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un da se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abr aquel libro y en una de sus pginas encontr un gigante grito de contricin verdadera, un salmo de David, el que comienza Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube ledo sus estrofas, mi nico pensamiento fue hallar una forma musical tan magnfica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. An no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazn, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan odo otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcngeles dirn conmigo, cubiertos los ojos de lgrimas y dirigindose al Seor: misericordia!, y el Seor la tendr de su pobre criatura.

    El romero, al llegar a este punto de su narracin, call por un instante; y despus, exhalando un suspiro, torn a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abada y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban crculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.

    -Despus -continu- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este pas clsico para la msica religiosa, an no he odo un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he odo tantos, que puedo decir que los he odo todos.

    -Todos? -dijo entonces interrumpindole uno de los rabadanes-. A qu no habis odo an el Miserere de la Montaa?

    -El Miserere de la Montaa! -exclam el msico con aire de extraeza-. Qu Miserere es se?

    -No dije? -murmur el campesino; y luego prosigui con una entonacin misteriosa-. Ese Miserere, que slo oyen por casualidad los que como yo andan da y noche tras el ganado por entre breas y peascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increble. Es el caso, que en lo ms fragoso de esas cordilleras, de montaas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abada, hubo hace ya muchos aos, que digo muchos aos!, muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, a lo que parece, edific a sus expensas un seor con los bienes que haba de legar a su hijo, al cual deshered al morir, en pena de sus maldades. Hasta aqu todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo que se ver ms adelante, debi de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se haba transformado en iglesia, reuni a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdicin que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o haban comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a ste quiero, a aqul no, se dice que no dejaron fraile con vida. Despus de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia an quedan en pie las ruinas sobre el cncavo pen, de donde nace la cascada, que, despus de estrellarse de pea en pea, forma el riachuelo que viene a baar los muros de esta abada.

    -Pero -interrumpi impaciente el msico- y el Miserere? -Aguardaos -continu con gran sorna el rabadn-, que todo ir por partes. Dicho lo cual,

    sigui as su historia: -Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a

    nietos se refiri con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene ms viva su memoria es que todos los aos, tal noche como la en que se consum, se ven brillar luces a travs de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de msica extraa y unos cantos lgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las rfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen an del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.

  • 18

    Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; slo el romero, que pareca vivamente preocupado con la narracin de la historia, pregunt con ansiedad al que la haba referido:

    -Y decs que ese portento se repite an? -Dentro de tres horas comenzar sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de

    Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abada. -A qu distancia se encuentra el monasterio? -A una legua y media escasa...; pero qu hacis? Adnde vais con una noche como sta?

    Estis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantndose de su escao y tomando el bordn, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.

    -A dnde voy? A or esa maravillosa msica, a or el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo despus de muertos, y saben lo que es morir en el pecado. Y esto diciendo, desapareci de la vista del espantado lego y de los no menos atnitos pastores. El viento zumbaba y haca crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caa en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relmpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubra.

    Pasado el primer momento de estupor, exclam el lego: -Est loco! -Est loco! -repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor

    del hogar.

    II

    Despus de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abada, remontando la corriente del riachuelo que le indic el rabadn de la historia, lleg al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.

    La lluvia haba cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz plida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, dirase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extrao vena a herir la imaginacin. Al que haba dormido ms de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que haba arrostrado en su larga peregrinacin cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

    Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caan sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la pndola de un reloj; los gritos del bho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie an en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecan al pie del altar, entre las junturas de las lpidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraos y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al odo del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.

    Transcurri tiempo y tiempo, y nada se percibi; aquellos mil confusos rumores seguan sonando y combinndose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

    -Si me habr engaado! -pens el msico; pero en aquel instante se oy un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecnica, y son una campanada..., dos..., tres..., hasta once.

    En el derruido templo no haba campana, ni reloj, ni torre ya siquiera. An no haba expirado, debilitndose de eco en eco, la ltima campanada; todava se

    escuchaba su vibracin temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mrmol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del

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    coro, los festones de trboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bvedas, la iglesia entera, comenz a iluminarse espontneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lmpara que derramase aquella inslita claridad.

    Pareca como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfrico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.

    Todo pareci animarse, pero con ese movimiento galvnico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantneo, ms horrible an que la inercia del cadver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se vean antes esparcidos sin orden, se levant intacta como si acabase de dar en ella su ltimo golpe de cincel el artfice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzndose y enlazndose caprichosamente entre s, formaron con sus columnas un laberinto de prfido.

    Una vez reedificado el templo, comenz a orse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que pareca salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, hacindose cada vez ms perceptible.

    El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba an su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por l dej la tumba sobre que reposaba, se inclin al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despendose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

    Mal envueltos en los jirones de sus hbitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrndose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresin de dolor, el primer versculo del salmo de David: Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!

    Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en l, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz ms levantada y solemne prosiguieron entonando los versculos del salmo. La msica sonaba al comps de sus voces: aquella msica era el rumor distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gema en la concavidad del monte; era el montono ruido de la cascada que caa sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del bho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la msica, y algo ms que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo ms que pareca como el eco de un rgano que acompaaba los versculos del gigante himno de contricin del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

    Sigui la ceremonia; el msico que la presenciaba, absorto y aterrado, crea estar fuera del mundo real, vivir en esa regin fantstica del sueo en que todas las cosas se revisten de formas extraas y fenomenales.

    Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emocin fortsima, sus dientes chocaron, agitndose con un temblor imposible de reprimir, y el fro penetr hasta la mdula de los huesos.

    Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere: In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea. Al resonar este versculo y dilatarse sus ecos retumbando de bveda en bveda, se levant

    un alarido tremendo, que pareca un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperacin, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intrprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

    Prosigui el canto, ora tristsimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relmpago de terror otro relmpago de jbilo, hasta que merced a una transformacin sbita, la iglesia resplandeci baada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brill en derredor de sus frentes; se rompi la cpula, y a travs de ella se vio el cielo como un ocano de lumbre abierto a la mirada de los justos.

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    Los serafines, los arcngeles, los ngeles y las jerarquas acompaaban con un himno de gloria este versculo, que suba entonces al trono del Seor como una tromba armnica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:

    Auditui meo dabis gaudium et ltitiam: et exultabunt ossa humiliata. En este punto la claridad deslumbradora ceg los ojos del romero, sus sienes latieron con

    violencia, zumbaron sus odos y cay sin conocimiento por tierra, y nada ms oy.

    III

    Al da siguiente, los pacficos monjes de la abada de Fitero, a quienes el hermano lego haba dado cuenta de la extraa visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, plido y como fuera de s, al desconocido romero.

    -Osteis al cabo el Miserere? -le pregunt con cierta mezcla de irona el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

    -S -respondi el msico. -Y qu tal os ha parecido? -Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosigui dirigindose al abad-; un asilo y

    pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abada.

    Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por compasin, aun creyndole un loco, accedi al fin a ella, y el msico, instalado ya en el monasterio, comenz su obra.

    Noche y da trabajaba con un afn incesante. En mitad de su tarea se paraba, y pareca como escuchar algo que sonaba en su imaginacin, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:

    -Eso es; as, as, no hay duda..., as! Y prosegua escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en ms de una ocasin que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

    Escribi los primeros versculos y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al ltimo que haba odo en la montaa, le fue imposible proseguir.

    Escribi uno, dos, cien, doscientos borradores; todo intil. Su msica no se pareca a aquella msica ya anotada, y el sueo huy de sus prpados, y perdi el apetito, y la fiebre se apoder de su cabeza, y se volvi loco, y se muri, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraa, guardaron los frailes a su muerte y an se conserva hoy en el archivo de la abada.

    Cuando el viejecito concluy de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que an estaba abierto sobre una de las mesas.

    In peccatis concepit me mater mea stas eran las palabras de la pgina que tena ante mi vista, y que pareca mofarse de m con

    sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la msica. Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo. Quin sabe si no sern una locura?

    4. Los ojos verdes -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    Hace mucho tiempo que tena ganas de escribir cualquier cosa con este ttulo. Hoy, que se me ha presentado ocasin, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.

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    Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No s si en sueos, pero yo los he visto. De seguro no los podr describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los rboles despus de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginacin de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiramos llamar boceto de un cuadro que pintar algn da.

    I

    -Herido va el ciervo..., herido va... no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven seor comienza por donde otros acaban... En cuarenta aos de montero no he visto mejor golpe... Pero, por San Saturio, patrn de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hgados, y hundid a los corceles una cuarta de hierro en los ijares: no veis que se dirige hacia la fuente de los lamos y si la salva antes de morir podemos darlo por perdido?

    Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jaura desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros, se dirigi al punto que Iigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, sealara como el ms a propsito para cortarle el paso a la res. Pero todo fue intil. Cuando el ms gil de los lebreles lleg a las carrascas, jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rpido como una saeta, las haba salvado de un solo brinco, perdindose entre los matorrales de una trocha que conduca a la fuente.

    -Alto!... Alto todo el mundo! -grit Iigo entonces-. Estaba de Dios que haba de marcharse. Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuando la

    pista a la voz de los cazadores. En aquel momento, se reuna a la comitiva el hroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el

    primognito de Almenar. -Qu haces? -exclam, dirigindose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en

    sus facciones, ya arda la clera en sus ojos-. Qu haces, imbcil? Ves que la pieza est herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo del bosque. Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?

    -Seor -murmur Iigo entre dientes-, es imposible pasar de este punto. -Imposible! Y por qu? -Porque esa trocha -prosigui el montero- conduce a la fuente de los lamos: la fuente de los

    lamos, en cuyas aguas habita un espritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res habr salvado sus mrgenes. Cmo la salvaris vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.

    -Pieza perdida! Primero perder yo el seoro de mis padres, y primero perder el nima en manos de Satans, que permitir que se me escape ese ciervo, el nico que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador... Lo ves?... Lo ves?... An se distingue a intervalos desde aqu; las piernas le fallan, su carrera se acorta; djame..., djame; suelta esa brida o te revuelvo en el polvo... Quin sabe si no le dar lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. Sus, Relmpago!; sus, caballo mo! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

    Caballo y jinete partieron como un huracn. Iigo los sigui con la vista hasta que se perdieron en la maleza; despus volvi los ojos en derredor suyo; todos, como l, permanecan inmviles y consternados.

    El montero exclam al fin: -Seores, vosotros lo habis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por

    detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentas. Hasta aqu llega el montero con su ballesta; de aqu en adelante, que pruebe a pasar el capelln con su hisopo.

  • 22

    II

    -Tenis la color quebrada; andis mustio y sombro. Qu os sucede? Desde el da, que yo siempre tendr por funesto, en que llegasteis a la fuente de los lamos, en pos de la res herida, dirase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jaura, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Slo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las maanas tomis la ballesta para enderezaros a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvis plido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. Qu os ocupa tan largas horas lejos de los que ms os quieren?

    Mientras Iigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escao de bano con un cuchillo de monte.

    Despus de un largo silencio, que slo interrumpa el chirrido de la hoja al resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclam, dirigindose a su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:

    -Iigo, t que eres viejo, t que conoces las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste ms de una vez a su cumbre, dime: has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?

    -Una mujer! -exclam el montero con asombro y mirndole de hito en hito. -S -dijo el joven-, es una cosa extraa lo que me sucede, muy extraa... Cre poder guardar

    ese secreto eternamente, pero ya no es posible; rebosa en mi corazn y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelrtelo... T me ayudars a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, slo para m existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razn de ella.

    El montero, sin despegar los labios, arrastr su banquillo hasta colocarse junto al escao de su seor, del que no apartaba un punto los espantados ojos... ste, despus de coordinar sus ideas, prosigui as:

    -Desde el da en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegu a la fuente de los lamos, y, atravesando sus aguas, recobr el ciervo que vuestra supersticin hubiera dejado huir, se llen mi alma del deseo de soledad.

    T no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una pea, y cae, resbalndose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se renen entre los cspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre s mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no s lo que he odo en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, para estancarse en una balsa profunda cuya inmvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

    Todo all es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espritu en su inefable melancola. En las plateadas hojas de los lamos, en los huecos de las peas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espritus de la Naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espritu del hombre.

    Cuando al despuntar la maana me veas tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no s qu, una locura! El da en que salt sobre ella mi Relmpago, cre haber visto brillar en su fondo una cosa extraa.., muy extraa..: los ojos de una mujer.

    Tal vez sera un rayo de sol que serpente fugitivo entre su espuma; tal vez sera una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos clices parecen esmeraldas...; no s; yo cre ver una mirada que se clav en la ma, una mirada que encendi en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un da y otro a aquel sitio.

  • 23

    Por ltimo, una tarde... yo me cre juguete de un sueo...; pero no, es verdad; le he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora...; una tarde encontr sentada en mi puesto, vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderacin. Sus cabellos eran como el oro; sus pestaas brillaban como hilos de luz, y entre las pestaas volteaban inquietas unas pupilas que yo haba visto..., s, porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tena clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos...

    -Verdes! -exclam Iigo con un acento de profundo terror e incorporndose de un golpe en su asiento.

    Fernando lo mir a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le pregunt con una mezcla de ansiedad y de alegra:

    -La conoces? -Oh, no! -dijo el montero-. Lbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar

    hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro por lo que ms amis en la tierra a no volver a la fuente de los lamos. Un da u otro os alcanzar su venganza y expiaris, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

    -Por lo que ms amo! -murmur el joven con una triste sonrisa. -S -prosigui el anciano-; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lgrimas de la

    que el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor, que os ha visto nacer. -Sabes t lo que ms amo en el mundo? Sabes t por qu dara yo el amor de mi padre, los

    besos de la que me dio la vida y todo el cario que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... Mira cmo podr dejar yo de buscarlos!

    Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lgrima que temblaba en los prpados de Iigo se resbal silenciosa por su mejilla, mientras exclam con acento sombro:

    -Cmplase la voluntad del Cielo!

    III

    -Quin eres t? Cul es tu patria? En dnde habitas? Yo vengo un da y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, ser tuyo, tuyo siempre.

    El sol haba traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa gema entre los lamos de la fuente, y la niebla, elevndose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.

    Sobre una de estas rocas, sobre la que pareca prxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primognito Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

    Ella era hermosa, hermosa y plida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caa sobre sus hombros, deslizndose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestaas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

    Cuando el joven acab de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro dbil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

    -No me respondes! -exclam Fernando al ver burlada su esperanza-. Querrs que d crdito a lo que de ti me han dicho? Oh, no!... Hblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...

    -O un demonio... Y si lo fuese? El joven vacil un instante; un sudor fro corri por sus miembros; sus pupilas se dilataron al

    fijarse con ms intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfrico, demente casi, exclam en un arrebato de amor:

  • 24

    -Si lo fueses.:., te amara..., te amara como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta ms all de esta vida, si hay algo ms de ella.

    -Fernando -dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una msica-, yo te amo ms an que t me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espritu puro. No soy una mujer como las que existen en la Tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los dems hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas, incorprea como ellas, fugaz y transparente: hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes lo premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi caso extrao y misterioso.

    Mientras ella hablaba as, el joven absorto en la contemplacin de su fantstica hermosura, atrado como por una fuerza desconocida, se aproximaba ms y ms al borde de la roca.

    La mujer de los ojos verdes prosigui as: -Ves, ves el lmpido fondo de este lago? Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se

    agitan en su fondo?... Ellas nos darn un lecho de esmeraldas y corales..., y yo..., yo te dar una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabelln de lino...; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los lamos sus himnos de amor; ven..., ven.

    La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven, ven... Estas palabras zumbaban en los odos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo donde estaba suspendida, y pareca ofrecerle un beso..., un beso...