El Cobrador, Rubem Fonseca – [PDF Document]

El Cobrador

Dr.Carvalho, Dentista. En la sala d e espera vaca un cartel,Espere, el doctor est atendiendo a un cliente. Esper media hora, lamuela rabiando, la puerta se abri y apareci una mujer acompaada d eun tipo grande, d e unos cuarenta aos, con bata Entr e n elconsultorio, me sent e n el silln, el dentista me sujet al pescuezouna servilleta d e papel. Abr la boca y dije que la muela d e atrsme dola mucho. Mir con un espejito y pregunt cmo es que haba dejadoque mi boca quedara en ese Como para partirse d e risa. Tienengracia estos tipos. Voy a tener que arrancrsela, dijo, le quedanpocos dientes, y si no hacemos un trabajo rpido, los va a perdertodos, hasta stos -y dio un golpecito sonoro e n los d e adelante.Una inyeccin d e anestesia en la enca. Me mostr la muela e n lapunta del botador: la raz est podrida, ve?,dijo sin inters. Soncuatrocientos cruceiros. De risa. No tengo, dije. Que no tienes qu?No tengo los cuatrocientos cruceiros. Fui caminando en direccin ala puerta. Me cerr el paso con el cuerpo. Ser mejor que pagues,dijo. Era un hombre alto, manos grandes y fuertes muecas de tantoarrancar muelas a los desgraciados. Mi pinta, un poco canija,envalentona a cierta gente. Odio a los dentistas, a loscomerciantes, a los abogados, a los industriales, a losfuncionarios, a los mdicos, a los ejecutivos, a toda esa canalla.Tienen muchas que pagarme todos ellos. Abr la camisa, saqu el 38, ypregunt con tanta rabia, que una gotita d e saliva sali disparadahacia su cara -qu tal si te meto esto en el culo? Se qued blanco,retrocedi. Apuntndole al pecho con el revlver empec a aliviar micorazn: arranqu los cajones de los armarios, lo

tir todo por el suelo, la emprend a puntapis con los frasquitos,como si fueran balones; daban contra la pared y estallaban. Haceraicos las escupideras y los motores me cost ms, hasta me hice daoen las manos y en los pies. El dentista me miraba, varias vecespareci a punto de saltar sobre m, me hubiera gustado que lohiciera, para pegarle un tiro en aquel barrign lleno de mierda. ;Nopago nada! Ya me hart de pagar!, le grit, ;ahora soy yo quiencobra! Le pegu un tiro en la rodilla. Tendra que haber matado aaquel hijo de puta.

La calle llena d e gente. Digo, dentro d e mi cabeza y a vecespara afuera, todos me las tienen que pagar! Me deben comida, coos,cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, muelas; todo me lo deben.Un ciego pide limosna agitando una escudilla d e aluminio conmonedas. Le pego una patada en la escudilla, el tintineo de lasmonedas me irrita. Calle Marechal Floriano, armera, farmacia,banco, putas, fotgrafo, Light, vacuna, mdico, Ducal, gente amontones. Por las maanas no hay quien avance camino de la Central,la multitud viene arrollando como una enorme oruga que ocupa todala acera.

Me encabronan esos tipos que andan e n Mercedes. La bocina delcarro tambin me fastidia. Anoche fui a ver a un tipo que tena unaMagnum con silenciador para vender e n la Cruzada, y cuando estabaatravesando la calle toc la bocina u n sujeto que haba ido a jugartenis en uno de aquellos clubs finolis d e por all. Yo ibadistrado, pensando e n la Magnum, cuando son la bocina. Vi que elcarro vena lentamente y me qued parado frente a l. Qu pasa?, grit.Era de noche y no haba nadie por all. l estaba vestido de blanco.Saqu el 38 y dispar contra el parabrisas, ms para cascarle elvidrio que para darle a l. Arranc a toda prisa, como paraatropellarme o huir, o las dos cosas. Me ech a un lado, pas .elcoche, los neumticos chirriando en el asfalto. Se par un poco msall. Me acerqu. El tipo estaba tumbado con la cabeza hacia atrs, lacara y el cuerpo estaban cubiertos de millares de astillitas

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d e cristal. Sangraba mucho, con una herida en el cuello, yllevaba ya el traje blanco todo manchado d e rojo. Volvi la cabeza,que estaba apoyada en el asiento, los ojos muy abiertos, negros, yel blanco en torno era azul lechoso, como una nuez d e jabuticabapor dentro. Y porque el blanco de sus ojos era azulado le dije-oye, vas a morir, iquieres que te pegue el tiro de gracia? No, no,dijo con esfuerzo, por favor. En la ventana vi a un tipoobservndome. Se escondi cuando mir hacia all. Deba haber llamado ala polica. Sal caminando tranquilamente, volv a la Cruzada. Habasido una buena idea despedazar el parabrisas del Mercedes. Tendraque haberle pegado un tiro e n el capot y otro en cada puerta, elhojalatero iba a agradecerlo.

El tipo d e la Magnum ya haba vuelto. Traes los treinta mil?Ponlos aqu, en esta mano que no ha agarrado e n su vida el tacho.Su mano era blanca, lisita, pero la ma estaba llena de cicatrices,tengo todo el cuerpo lleno de cicatrices, hasta el pito lo tengolleno d e cicatrices. Tambin quiero comprar una radio, le dije.Mientras iba a buscar la radio, examin a fondo mi Magnum. Bienengrasadita, y tambin cargada. Con el silenciador pareca un can. Elperista volvi con una radio d e pilas. Es japonesa, dijo. Dale,para que lo oiga.

Puf. Creo que muri del primer tiro. Le atic dos ms slo para orpuf, puf.

Me deben escuela, novia, tocadiscos, respeto, sngich d emortadela en el bar d e la calle Vieira Fazenda, helado, baln de Mequedo frente a la televisin para aumentar mi odio. Cuando mi clerava disminuyendo y pierdo las ganas de cobrar lo que me deben, mesiento frente a la televisin y al poco tiempo me vuelve el odio. Megustara mucho coger al tipo que hace el

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anuncio del gisqui. Est vestidito, bonito, todo sanforizado,abrazado a una rubia reluciente, y echa unos cubitos d e hielo e nel vaso y sonre con todos los dientes, sus dientes firmes yverdaderos; me gustara agarrarlo y rajarle la boca con una navaja,por los dos lados, hasta las orejas, y esos dientes tan blancosquedaran todos fuera, con una sonrisa de calavera descarnada. Ahoraest ah, sonriendo, y luego besa a la rubia en la boca. Se ve quetiene prisa el hombre. Mi arsenal est casi completo: tengo laMagnum con silenciador, un Colt Cobra 38, dos navajas, una carabina12, un Taurus 38, un pual y un machete. Con el machete voy acortarle a alguien la cabeza d e u n solo tajo. Lo vi en el cine, en uno de esos pases asiticos, an e n tiempo d e los ingleses. Elritual consista en cortar la cabeza de un animal, creo que unbfalo, de un solo tajo. Los oficiales ingleses presidan laceremonia un poco incmodos, pero los decapitadores eran verdaderosartistas. Un golpe seco y la cabeza del animal rodaba chorreandosangre.

En casa de una mujer que me atrap en la calle. Coroa, dice queestudia en la escuela nocturna. Ya pas por eso, mi escuela fue lams nocturna de todas las escuelas nocturnas del mundo, tan mala queya ni existe. La derribaron. Hasta la calle donde estaba fuedemolida. Me pregunta qu hago, y le digo que soy poeta, cosa que esrigurosamente cierta. Me pide que le recite uno d e mis poemas. Ahva: A los ricos les gusta acostarse parde/ slo porque saben que lachusma/ tiene que acostarse temprano para madrugar. Esa es otraoportunidad suya/ para mostrarse diferentes:/ hacer el parsito,/despreciar a los que sudan para ganar la comida,/ dormir hastatarde,/ tarde/ un da/ por fortuna/ demasiado tarde./ Me interrumpepreguntndome si me gusta el cine. Y el poema? Ella no entiende.Sigo: Saba bailar la samba y enamorarse/ y rodar por el suelo/ slopor poco tiempo./ Del sudor d e su rostro nada se haba construido./Quera morir con ella,/ pero eso fue otro da,/ realmente otro da./En el cine Iris, e n la calle Carioca/ El Fantasma de la pera/ Unto de negro,/ cartera negra, el rostro oculto,/ e n la mano u npauelo blanco inmaculado,/ haca puetas a los espectadores;/ e naquel tiempo, en Copacabana,/otro/ que ni apellido tena,/ se bebalos orines d e los mingitorios de los cines/ y su rostro era verdee inolvidable,/ La Historia est hecha d e gente muerta/ y elfuturo

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condenaban/ por ser inocente o por estpido. De todos modos/ elsuelo segua all/ para zan~bullirse./ Cuando n o se tiene dinero/ esconveniente tener n~sculos/y odio./ Leo los peridicos para saber ques lo que estn comiendo, bebiendo, haciendo. Quiero vivir muchopara tener tiempo de matarlos a todos

Desde la calle veo la fiesta e n la Vieira Souto, las mujerescon vestido de noche, los hombres de negro. Camino lentamente, deun lado a otro, por la calle; no quiero despertar sospechas y elmachete lo llevo por dentro del pantaln, amarrado; n o me dejacaminar bien. Parezco un lisiado, me siento como u n lisiado. Unmatrimonio de mediana edad pasa a mi lado y me mira con pena;tambin yo siento pena de m, cojo, y me duele la pierna. Desde laacera veo a los camareros sirviendo champn francs. A esa gente legusta el champn francs, la ropa francesa, la lengua francesa.Estaba all desde las nueve, cuando pas por delante, bienpertrechado de armas, entregado a la suerte y al azar, y la fiestasurgi ante m. Los estacionamientos que haba ante la casa seocuparon pronto todos, y los coches de los asistentes tuvieron queestacionarse e n las oscuras calles laterales. Me interes muchouno, rojo, y e n l, un hombre y una mujer, jvenes y elegantes losdos. Fueron hasta el edificio sin cruzar palabra; l, ajustndose lapajarita, y ella, el vestido y el peinado. Se preparaban para unaentrada triunfal, pero desde la acera veo que su llegada fue, comola d e los otros, recibida con total desinters. La gente se acicalaen el peluquero, en la modista, e n los salones de masaje y slo elespejo les presta, e n las fiestas, la atencin que esperaban. Vi ala mujer con su vestido azul flotante y murmur: te voy a prestar laatencin que te mereces, por algo te pusiste tus mejores braguitas yhas ido tantas veces a la modista y te has pasado tantas cremas porla piel y te has puesto un perfume tan caro. Fueron los ltimos ensalir. No andaban con la misma firmeza y discutan irritados, vocespastosas, confusas. Llegu junto a ellos en el momento e n que elhombre abra la puerta del coche. Yo vena cojeando y l apenas melanz una mirada distrada, a ver quin era, y descubri slo a uninofensivo invlido d e poca monta.

Le apoy la pistola e n la espalda. Haz lo q u e te diga o mato alos dos, dije. Entrar con la pata rgida e n el estrecho asiento d eatrs no fue fcil. Qued medio tumbado, con la pistola apuntando a sucabeza. L e mand que tirara hacia la Barra d e Tijuca. Saque elmachete d e dentro del pantaln cuando me dijo, llvate el dinero yel coche y djanos aqu. Estbamos frente al Hotel Nacional. De risa.l estaba ya sobrio y quera tomarse el ltimo gisquito mientras dabacuenta a la polica por telfono. Hay gente q u e se cree q u e lavida es una fiesta. Seguimos por el Recreiro dos Bandeirantes hastallegar a una playa desierta. Saltamos. Dej los faros encendidos.Nosotros no le hemos hecho nada, dijo l. Que no? De risa. Sent elodio inundndome los odos, las manos, la boca, todo mi cuerpo, ungusto d e vinagre y d e Est embarazada, dijo l sealando a la mujer,va a ser nuestro primer hijo. Mir la barriga d e aquella esbeltamujer y decid ser misericordioso, y dije, puf, all donde deba estarsu ombligo y me cargu al feto. La mujer cay d e bruces. Le apoy lapistola e n la sien y dej all un agujero como la boca d e una mina.El hombre presenci todo sin decir ni una palabra, la cartera deldinero e n su mano tendida. Cog la cartera y la tir al aire ycuando iba cayendo le di un taconazo, con la zurda, L at las manosa la espalda con un cordel que llevaba. e Despus le amarr los pies.Arrodllate, le dije. Se arrodill. Los faros iluminaban su cuerpo.Me arrodill a su lado, le quit la pajarita, dobl el cuello d e lacamisa, dejndole el pescuezo al aire. Inclina la cabeza, orden. Lainclin. Levant el machete, sujeto con las dos manos, vi lasestrellas e n el cielo, la noche inmensa, el firmamento infinito ehice caer el machete, estrella d e acero, con toda mi fuerza, justoe n medio del pescuezo. La cabeza n o cay y l intent levantarseagitndose como una gallina atontada e n manos d e una cocineraincompetente. Le di otro golpe, y otro ms y otro, y la cabeza n orodaba

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por el suelo. Se haba desmayado o haba muerto con la condenadacabeza aquella sujeta al pescuezo. Empuj el cuerpo sobre lasalpicadera del coche. El cuello qued en buena posicin. Me concentrcomo un atleta a punto de dar un salto mortal. Esta vez, mientrasel machete describa su corto recorrido mutilante zumbando,hendiendo el aire, yo saba que iba a conseguir lo que quera.,Broc!, la cabeza sali rodando por la arena. Alc el alfanje y grit:Salve el Cobrador! Di un tremendo grito que n o era palabra alguna,sino un aullido prolongado y fuerte, para que todos los animales seestremecieran y se largaran de all. Por donde yo paso se derrite elasfalto.

Una caja negra bajo el brazo. Digo con la lengua trabada que soyel fontanero y que voy al departamento doscientos uno. Al porterole hace gracia mi lengua estropajosa y me manda subir. Empiezo porel ltimo piso. Soy el fontanero (lengua normal ahora), vengo aarreglar eso. Por la abertura, dos ojos: nadie ha llamado alfontanero. Bajo al sptimo, lo mismo. Slo tengo suerte en el primerpiso. La criada me abri la puerta y grit hacia dentro, es elfontanero. Sali una muchacha e n camisn, un frasquito de esmalte deuas en la mano, bonita, unos veinticinco aos. Debe haber un error,dijo, n o necesitamos al fontanero. Saqu la Cobra de dentro de lafunda. Claro que lo necesitan, y quietas o me las cargo a las dos.Hay alguien ms en casa? El marido estaba trabajando, y el chiquilloe n la escuela. Agarr a la criadita, le tap la boca conesparadrapo. Me llev a la mujer al cuarto. Desndate. No me voy aquitar la ropa, dijo con la cabeza erguida. Me lo deben todo, t,calcetines, cine, filete y coo; anda, rpido. Le di un porrazo e nla cabeza. Cay e n la cama, con una marca roja en la cara. No me laquito. Le arranqu el camisn, las braguitas. No llevaba sostn. Leabr las piernas. Coloqu las rodillas sobre sus muslos. Tena unapelambrera basta y negra. Se qued quieta, con los ojos cerrados. Nofue fcil entrar e n aquella selva oscura, el coo estaba apretado yseco. Me inclin, abr la vagina y escup all adentro, un gargajogordo. Pero tampoco as fue fcil. Senta la verga desollada. Empez agemir cuando se la hund con toda mi fuerza hasta el fin. Mientrasla meta y sacaba

le iba pasando la lengua por los pechos, por la oreja, por elcuello, y le pasaba levemente el dedo por el culo, le acariciabalas nalgas. Mi palo empez a quedar lubricado por los jugos de suvagina, ahora tibia y viscosa. Como ya no me tena miedo, o quizporque lo tenia, se vino antes que yo. Con lo que me iba saliendoan, le dibuj un crculo alrededor del ombligo. A ver si dejan deabrir la puerta al fontanero, dije, antes de marcharme. Salgo de labuharda de la calle del Visconde de Maranguape. Un agujero en cadamuela lleno de cera del Dr. Lustosa/ masticar con los dientes deadelante/ caray con la foto de la revista/ libros robados./ Me voya la playa. Dos mujeres charlan en la arena; una est bronceada porel sol, lleva un pauelo en la cabeza; la otra est muy blanca, debeir poco a la playa; tienen las dos un cuerpo muy bonito; el traserode la plida es el trasero ms hermoso que he visto en mi vida. Mesiento cerca y me quedo mirndola. Se dan cuenta de mi inters yempiezan a menearse inquietas, a decir cosas con el cuerpo, a hacermovimientos tentadores con el trasero. En la playa todos somosiguales, nosotros, los jodidos, y ellos. Y nosotros quedamosincluso mejor, porque no tenemos esos barrigones y el culazo blandode los parsitos. Me gusta la paliducha esa. Y ella pareceinteresada por m, me mira de reojo. Se ren, se ren, enseando losdientes. Se despiden, y la blanca se va andando hacia Ipanema, elagua mojando sus pies. Me acerco y voy caminando junto a ella, sinsaber qu decir. Soy tmido, he llevado tantos estacazos en la vida,y el pelo de ella se ve cuidado y fino, su trax es esbelto, lossenos pequeos, los muslos slidos, torneados, musculosos y eltrasero formado por dos hemisferios consistentes. Cuerpo debailarina. Estudias ballet? Estudi, dice. Me sonre. Cmopuede teneralguien una boca tan bonita? Me dan ganas de lamer su boca diente adiente. Vivespor aqu?,me pregunta. S, miento. Ella me seala unacasa en la playa, toda de mrmol.

De vuelta a la calle del Visconde de Maranguape. Hago tiempopara ir a la casa de la paliducha. Se llama Ana. Me gusta Ana,palindrmico. Afilo el machete en una piedra especial, el cuello

de aquel seorito era muy duro. Los peridicos dedicaron muchoespacio a la pareja que mat e n la Barra. La chica era hija d e unode esos hijos de puta que se hacen ricos, e n Sergipe o Piau,robando a los muertos d e hambre, y luego se vienen a Rio, y loshijos d e cara chata ya no tienen acento, se tien el pelo d e rubioy dicen que descienden d e holandeses. Los cronistas d e sociedadestaban consternados. Aquel par d e seoritingos que me carguestaban a punto de salir hacia Pars. Ya no hay seguridad e n lascalles, decan los titulares d e un peridico. De risa. Tir loscalzoncillos al aire e intent cortarlos de un tajo como hacaSaladino (con un lienzo de seda) e n el cine. Ahora ya no hacencimitarras como las de antes/ Soy una hecatombe/ No fue ni Dios niel Diablo/ quien me hizo vengador/ Fui yo mismo/ Soy elHombre-Pene/ Soy el Cobrador./ Voy al cuarto donde dona Clotildeest acostada desde hace tres aos. Doa Clotilde es la duea de labuhardilla. Quiere que barra la habitacin?, le pregunto. No, hijomo; slo quera que me pusieras la inyeccin de trinevral antes demarcharte. Hiervo la jeringa, prepar la inyeccin. El culo d e donaClotilde est seco como una hoja vieja y arrugada de papel arroz.Vienes que ni cado del cielo, hijo mo. Ha sido Dios quien te haenviado, dice. Doa Clotilde no tiene nada, podra levantarse e ir decompras al supermercado. Su mal est en la cabeza. Y despus d epasarse tres anos acostada, slo se levanta para hacer pip ycaquitas, que ni fuerzas debe tener. El da menos pensado le pego untiro en la nuca.

Cuando satisfago mi odio me siento posedo por una sensacin devictoria, de euforia, que me da ganas de bailar -doy pequeosaullidos, gruo sonidos inarticulados, ms cerca d e la msica que dela poesa, y mis pies se deslizan por el suelo, mi cuerpo se muevecon un ritmo hecho de balanceos y d e saltos, como un salvaje, ocomo un mono. Quien quiera mandar en m, puede quererlo, pero morir.Tengo ganas de acabar con un figurn de sos que muestran en la telesu cara paternal de bellaco triunfador, con una de esas personas desangre espesa a fuerza de caviares y champn. Come caviar/ tu horava a llegar./ Me deben una muchacha de veinte

aos, llena d e dientes y perfume. La d e la casa d e mrmol?Entro y me est esperando, sentada e n la sala, quieta, inmvil, elpelo muy negro, la cara blanca, parece una fotografa. Bueno,vmonos, le digo. Me pregunta si traigo coche. Le digo que no tengocoche. Ella s tiene. Bajamos por el ascensor de servicio y salimosen el garaje, entramos en un Puma convertible. Al cabo d e un ratole pregunto si puedo conducir y cambiamos de sitio. Te parece biena Petrpolis?, pregunto. Subimos a la sierra sin decir palabra, ellamirndome. Cuando llegamos a Petrpolis me pide que pare e n unrestaurante. Le digo que no tengo ni dinero ni hambre, pero ellatiene las dos cosas, come vorazmente, como si temiera que encualquier momento vinieran a retirarle el plato. En la mesa d e allado, un grupo de muchachos bebiendo y hablando a gritos, jvenesejecutivos que suben el viernes y que beben antes de encontrarsecon madame toda acicalada para jugar cartas o para chismorrearmientras van catando quesos y vinos. Odio a los ejecutivos. Acaba de comer y dice, qu hacemos ahora? Ahora vamos a regresar, le digo,y bajamos la sierra, yo conduciendo como un rayo, ella mirndome. Mivida no tiene sentido, hasta he pensado e n suicidarme, dice. Paroe n la calle del Visconde de Maranguape. Aqu vives? Salgo sin decirnada. Ella viene detrs: cundo te volver a ver? Entro y mientras voysubiendo las escaleras oigo el ruido del coche que se pone enmarcha.

Top Executive Club. Usted merece el mejor relax, hecho d e carioy comprensin. Nuestras masajistas son expertas. Elegancia ydiscrecin. Anoto la direccin y me encamino a un local, una casa, enIpanema. Espero a que l salga, vestido con traje gris, chaleco,cartera negra, zapatos brillantes, pelo planchado. Saco un papeldel bolsillo, como alguien que anda en busca d e una direccin, yvoy siguindole hasta el coche. Estos cabrones siempre cierran elcoche con llave, saben que el mundo est lleno de ladrones, tambinellos lo son, pero nadie los agarra. Mientras abre el coche, lemeto el revlver en la barriga. Dos hombres, uno frente al otro,hablando no llaman la atencin. Meter el revlver en la espaldaasusta ms, pero eso slo debe hacerse en lugares Estte quieto o telleno d e plomo esa barrigota ejecutiva.

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Tiene el aire petulante y al mismo tiempo ordinario delambicioso ascendente inmigrado del interior, deslumbrado por lascrnicas de sociedad, consumista, elector de la Arena, catlico,cursillista, patriota, mayordomista y bocalibrista, los hijosestudiando e n la Universidad, la mujer dedicada a la decoracin deinteriores y socia de una butique. A ver, ejecutivo, qu te hizo lamasajista? Te hizo una pueta o te la chup? Bueno, usted es unhombre y sabe de estas cosas, dijo. Palabras de ejecutivo conchofer de taxi o ascensorista. Desde Botucatu a la Dictadura, creeque se ha enfrentado ya con todas las situaciones de crisis. Quhombre ni qu nio muerto, digo suavemente, soy el Cobrador. Soy elCobrador!, grito. Empieza a ponerse del color del traje. Piensa queestoy loco y l an no se ha enfrentado con ningn loco en su malditodespacho con aire acondicionado. Vamos a tu casa, le digo. No vivoaqu, e n Rio, vivo e n Sa6 Paulo, dice. Ha perdido el valor, perono las maas. Y el carro?, le pregunto. El carro? Qu carro? se conmatricula de Rio? Tengo mujer y tres hijos, intenta cambiar deconversacin. Qu es esto? Una disculpa, una contrasena, habeascorpus, salvoconducto? Le mando parar el coche. Puf, puf, puf, untiro por cada hijo, en el pecho. El de la mujer e n la cabeza,puf.

Para olvidar a la chica de la casa de mrmol voy a jugar futbol aun descampado. Tres horas seguidas, mis piernas todas arruinadas delos patadones que me llev, el dedo gordo del pie derecho hinchado,tal vez roto. Me siento, sudoroso, a un lado del campo, junto a unnegro que lee O Dia.Los titulares me interesan, le pido elperidico, el to me dice por qu no te compras uno si quieres leerlo?No me enfado. El tipo tiene pocos dientes, dos o tres, retorcidos yoscuros. Digo, bueno, no vamos a pelearnos por eso. Compro dosperros calientes y dos cocas, le doy la mitad y l me da elperidico. Los titulares dicen: La polica anda en busca del loco dela Magnum. Le devuelvo el peridico, l no lo acepta, sonre para mmientras mastica con los dientes de adelante, o mejor con las encasde adelante, que, de tanto iisarlas, las tiene

en la oscuridad y el perfume de su cuerpo traspasa las paredes de la habitacin. Ana despert antes que yo y la luz ya est encendida.Slotienes libros de poesa?Ytodas estas armas, para qu?Coge laMagnum del armario, carne blanca y acero negro, apunta hacia m. Mesiento en la cama. Quieres disparar? Puedes disparar, la vieja nova a or. Pero un poco ms arriba. Con la punta del dedo alzo el canhasta la altura d e mi frente. Aqu no duele. Has matado a alguienalguna vez? Ana apunta el arma a mi cabeza. S. jY te gust? S. Qusentiste? Un alivio. Como nosotros dos en la cama? No, no. Otracosa. Lo contrario. Yo no te tengo miedo, Ana dice. Ni yo a ti. Tequiero. Hablamos hasta el amanecer. Siento una especie de fiebre.Hago caf para doa Clotilde y se lo llevo a la cama. Voy a salir conAna, digo. Dios oy mis oraciones, dice la vieja entre trago ytrago.

Hoy e s 24 d e diciembre, da del Baile d e Navidad o PrimerGrito del Carnaval. Ana Palindrmica se ha ido de casa y viveconmigo. Mi odio ahora es diferente. Tengo una misin. Siempre hetenido una misin y no lo saba. Ahora lo s. Ana me ha ayudado a ver.S que si todos los jodidos hicieran lo que yo, el mundo sera mejory ms justo. Ana me ha enseado a usar los explosivos y creo queestoy ya preparado para este cambio de escala. Andar matndolos unoa uno es cosa mstica, y ya me he liberado de eso. En el Baile deNavidad mataremos convencionalmente a los que podamos. Ser mi ltimogesto romntico inconsecuente. Elegimos para iniciar la nueva fase alos consumistas asquerosos de un supermercado d e la zona sur. Losmatar una bomba d e gran poder explosivo. Adis machete, adis pual,adis mi rifle, mi Colt Cobra, mi Magnum, hoy ser el ltimo da quelos use. Beso mi cuchillo. Hoy usar explosivos, reventar a lagente, lograr

fama, ya no ser slo el loco de la Magnum. Tampoco volver a salirpor el parque d e Flamengo mirando los rboles, los troncos, la raz,las hojas, la sombra, eligiendo el rbol que quera tener, quesiempre quise tener, un pedazo d e suelo de tierra apisonada. Y losvi crecer en el parque, y me alegraba cuando llova, y la tierra seempapaba de agua, las hojas lavadas por la lluvia, el vientobalanceando las ramas, mientras los automviles d e los canallaspasaban velozmente sin que ellos miraran siquiera a los lados. Yano pierdo mi tiempo con sueos. El mundo entero sabr quin eres t,quines somos nosotros, dice Ana. Noticia: El gobernador se va adisfrazar d e Pap Noel. Noticia: Menos festejos y ms meditacin,vamos a purificar el corazn. Noticia: No faltar cerveza. No faltarnpavos. Noticia: Los festejos navideos causarn este ao ms vctimas detrfico y de agresiones que en aos anteriores. Polica y hospitalesse preparan para las celebraciones de Navidad. El cardenal e n latelevisin: la fiesta d e Navidad ha sido desfigurada, su sentido noes ste, esa historia del Pap Noel e s una desgraciada invencin. Elcardenal afirma q u e Pap Noel es un payaso La vspera de Navidad esun buen da para que esa gente pague lo que debe, dice Ana. Al PapNoel del baile quiero matarlo yo mismo a cuchilladas, digo. Le leoa Ana lo que he escrito, nuestro mensaje d e Navidad para losperidicos. Nada d e salir matando a diestra y siniestra, sinobjetivo definido. Hasta ahora no sabia qu quera, no buscaba unresultado prctico, mi odio se estaba desperdiciando. Estaba e n locierto por lo que a mis impulsos se refiere, pero mi equivocacinconsista en n o saber quin era el enemigo y por qu era enemigo.Ahora lo s, Ana me lo ense. Y mi ejemplo debe ser seguido porotros, slo as cambiaremos el mundo. sta es la sntesis d e nuestromanifiesto. Meto las armas en una maleta. Ana tira tan bien comoyo, slo que no sabe manejar el cuchillo, pero sta es ahora un armaobsoleta. Le decimos adis a doa Clotilde. Metemos la maleta en elcoche. Vamos al Baile de Navidad. No faltar cerveza, ni pavos. Nisangre. Se cierra un ciclo de mi vida y se abre otro.

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